Tristán e Isolda, versiones de Béroul y de Thomas

Saben que su amor es imposible, que está prohibido, pero no pueden evitarlo. Una fuerza poderosa e incontenible los obliga a buscarse.

Tristán e Isolda es la historia de dos amantes y su amor irrefrenable. Fue el relato más popular del siglo XII, según los expertos en letras medievales.

Extraño amor es el que hay en esas cuatro personas: todos reciben de él pena y dolor, y cada uno vive en la tristeza; ninguno de ellos encuentra dicha. En primer lugar, teme el rey Marc que Isolda le sea infiel y ame a otro: aunque satisfaga sus deseos, su corazón se siente triste. Y tiene razón en angustiarse, pues no ama ni desea a nadie fuera de Isolda, que se ha alejado de él. Dispone de su cuerpo para deleitarse, pero eso no le basta, pues sabe que otro hombre tiene su corazón. Esto lo aflige y lo hace enfurecer. Perdurable es su dolor, pues Isolda ha entregado su amor a Tristán. Por otro lado está Isolda, que sufre porque tiene lo que no desea, y no puede tener lo que más ama. El rey no conoce más que un tormento, pero el de la reina, es doble: quiere a Tristán, pero no puede tenerlo, y está obligada a aceptar a su marido; no puede huir ni abandonarlo, ni deleitarse con él; tiene su cuerpo, pero no quiere su corazón. Ese es uno de los tormentos que la afligen; el otro es que desea a Tristán. El rey Marc le impide verlo, y ella sólo piensa en él: sabe perfectamente que bajo el cielo no hay quien lo ame más. Tristán la quiere, y ella a él; no puede tenerla, de ahí su tristeza. Doble pena, doble dolor causa a don Tristán ese amor. Se ha casado con la otra Isolda, a quien no puede ni quiere amar. No tiene derecho a dejarla: sea cual fuere su deseo, debe permanecer con ella, pues es su mujer. Cuando la abraza, si siente algún placer es por el nombre que lleva; sólo eso lo consuela un poco. Lo que posee le causa dolor, pero más le duele lo que no posee: la bella reina, su amada, en quien ha depositado su vida y su muerte. Por esto es doble la pena que sufre Tristán. Pero también atormenta este amor a su esposa, Isolda de las Blancas Manos. Suceda lo que suceda con la reina, esta Isolda no conoce ningún deleite. No obtiene placer de su marido, ni siente amor por otro. Desea a Tristán, y de hecho lo tiene, pero no recibe placer de él… (versión de Thomas).

En el siglo XII, en la alta Edad Media, floreció la vida cortesana, “que muy pronto se coloreó con la introducción de costumbres musulmanas y orientales, y adquirió un brillo inusitado gracias al lujo y la grandeza de que empezaron a gustar los señores y los cortesanos”, refiere el historiador José Luis Romero (La Edad Media, FCE).

“La mujer abandonó la reclusión y ocupó en los salones un lugar eminente, respetada y halagada por los caballeros, y ensalzada por los juglares, ministriles, segreres y trovadores. En ella residía el amor, y el caballero consideró digno de su rango humillarse ante su debilidad en la misma medida en que creía necesario ser arrogante ante la fortaleza del enemigo. El amor comenzó a ser considerado como la más alta expresión de la vida, y su ejercicio una de las nobles posibilidades de toda vida noble. El amor dio origen a una vasta creación lírica, en cuyo oscuro origen se esconden sin duda buenas influencias bretonas islámicas, y el vago y melancólico encanto de la poesía de Bretaña”.

En ese contexto, de los materiales y personajes que generó la épica francesa medieval destaca la llamada “materia de Bretaña”, que los estudiosos dividen en dos ramas. Una es la artúrica, basada en la leyenda del rey Arturo, la reina Ginebra y los caballeros de la Mesa Redonda; la otra rama es la tristánica, en la que se desarrollaron obras que refieren aventuras caballerescas de Tristán así como diversas versiones del arrebatado amor que se profesaban Tristán e Isolda.

Dos de estas obras, las más antiguas que se conservan, son la de Béroul y la de Thomas. Ambos autores parten de la misma premisa de amor incontenible pero crean relatos sustancialmente distintos. Sendas obras atrapan poderosamente la atención del lector.

Béroul

El relato de Béroul es más cronológico y lineal, cuida que los hechos y acontecimientos tengan una justificación lógica, incluso los actos insólitos o sobrehumanos (como la fuga de Tristán saltando desde un acantilado, “el viento hincha su ropa y le impide caer violentamente”). El escritor pone énfasis en las pautas del comportamiento cortesano, como el enfrentamiento armado considerado la máxima prueba para limpiar el honor, dilucidar la verdad y recibir justicia divina.

-Señores, dice el rey, oyeron la defensa que hizo mi sobrino Tristán de mi mujer. No quisieron tomar sus escudos, y siguen sin querer hacerlo. A partir de este momento les prohíbo que me hablen…

En poco aprecio tendrá su vida el que dude en tomar las armas…

Desde las primeras páginas, Béroul produce intriga y desconcierto en el lector, que pareciera estar frente a una novela picaresca, incluso profana, pues aunque refiere un adulterio los personajes se escudan en principios religiosos (“Dios, a través de un gran milagro, siguió otorgándoles su protección”).

-Isolda, mi señora, dice Brangien, gran merced te ha concedido Dios, quien nunca ha mentido, al permitir que terminara tu encuentro con Tristán sin haber hablado de más. Así, el rey no ha oído nada que pudiera malinterpretarse. Dios te ha hecho un gran milagro…

Tristán, por su parte, le había comentado a su amigo y escudero, sin omitir detalle, la forma en que se habían desarrollado los acontecimientos. Governal da gracias a Dios de que Tristán no se haya atrevido a nada con su amiga…

A la mitad del relato, el autor introduce un recurso narrativo que sorprende y estimula, pues le da un giro radical a la historia al explicar el motivo de la intensa atracción entre Tristán e Isolda. No obstante, hacia el final da otra vuelta de tuerca que reinstala la ambigüedad y el desconcierto.

¡Ah, Dios!, ¿quién puede amar un año o dos sin delatarse? No existe amor que se oculte bien. Con frecuencia uno de los enamorados guiña el ojo a su pareja; a menudo se encuentran más de lo necesario, y no sólo en secreto, sino también delante de otros. Dondequiera que estén, no pueden esperar la ocasión propicia para verse. El amor los obliga a citarse a cada rato…

Aunque el formato de esta obra es el de un relato oral, o escrito para ser leído en voz alta, destaca el distanciamiento que adopta Béroul para presentarse como narrador de la historia, como autor del escrito.

Pero escuchen ahora lo que hace el noble mensajero…

Han pasado diez días. ¿Qué más puedo decir? Se acerca la fecha en que la reina prestará juramento…

Pero ahora escúchenme hablar del noble Dinas, que está en la otra orilla del vado…

Thomas

Por su parte, Thomas desarrolla otra historia. Con maledicencia, los súbditos cercanos al rey Marc lo convencen de que su sobrino Tristán tiene amoríos con la reina Isolda y que lo mejor es exiliarlo a Bretaña, consejo que el rey acepta.

Lo han expulsado de manera vil. Llora copiosamente; se lamenta de lo que ha hecho con su juventud y de todo lo que le ha sucedido, pues ha sacrificado todo por el amor. Ha sufrido tantos dolores, tantas penas, tantos temores, tantas angustias, tantos peligros, tantas incomodidades, tantos destierros, que no puede evitar el llanto…

Thomas usa un estilo aun más personal que Béroul, más de autor, con señalamientos en tercera persona y largas reflexiones.

Escuchen esta maravillosa aventura, y vean qué extraña es la naturaleza de las personas, que en ningún lugar encuentran estabilidad. Son tan cambiantes, que a veces se aferran al mal y hacen de lado el bien. […] Muchos cambian su corazón con demasiada frecuencia: dejan lo que poseen por lo que anhelan, tratando de satisfacer su voluntad y su deseo. No sé en realidad qué más decir al respecto, pero a todos les gusta la novedad, tanto a los hombres como a las mujeres, pues con demasiada frecuencia cambian de proyectos, de deseos y de caprichos, siempre poco razonables y fuera de su alcance…

Thomas emplea un formato distinto al de Béroul, con largos párrafos. Su relato es más intimista, abunda en los sentimientos y las emociones de los personajes, en su estado psíquico, sobre todo de Tristán.

¿Qué caso tiene desearla, cuando no puedo tenerla? Si ama a su señor, ¡pues que permanezca con él! ¡Ya no le pediré que se acuerde de mí! No la culpo si me olvida, pues por mí ya no debe languidecer, su gran belleza no lo requiere, ni su naturaleza le exige que suspire por otro, pues del rey obtiene todo lo que desea. Tanto debe deleitarse con el rey, que de seguro ha olvidado el amor que sentía por mí: tanto placer obtiene con su marido, que ha olvidado a su amigo…

El autor se detiene en aspectos medulares del sufrimiento amoroso, como el tormento de la ausencia, el deseo, las paradojas…

Debo acostarme con la que es mi legítima esposa; con ella tengo que compartir mi cama, pues no la puedo rechazar. Por culpa de mi corazón loco, ardiente y veleidoso, pedí la mano de la muchacha a sus padres y amigos. No me detuve a pensar en mi amada Isolda cuando cometí este desvarío de engañar, de renegar de mi fe. Debo acostarme con la joven, y eso me pesa. Me casé con ella legítimamente, por las leyes de la Iglesia y con testigos: ¡no puedo rechazarla! Y ahora debo cometer una locura. No me puedo retirar de ella sin caer en el pecado y sin causarle gran daño. Pero si me uno a ella faltaré a mi juramento. Pertenezco tanto a Isolda, que no hay razón para que ésta me tenga. […] Soy perjuro en relación a Isolda mi amada, si encuentro placer con otra; y si con mi esposa me divierto cometeré un pecado, una grave falta. No puedo abandonarla, pero tampoco encontrar en ella mi deleite al acostarme en su cama para satisfacer un deseo egoísta…

Siglo XII

Resultan de interés algunas descripciones de la época, como el cortejo que acompaña a la reina Isolda:

Vienen sirvientes, vienen criados, viene perros de busca y vienen bracos, mensajeros y perreros con sus jaurías, cocineros y ojeadores, mariscales y furrieles, caballos de carga o de caza. Los que cabalgan palafrenes llevan las riendas en la mano derecha, y en la izquierda aves de cetrería. Magnífico es el cortejo que avanza por el camino. […] Aparecen las lavanderas, las camareras ordinarias, que no tienen acceso a la intimidad de los nobles y se encargan de alzar y tender las camas, coser la ropa, lavar el pelo y tener todo listo. Son las que se ocupan de los trabajos pesados. En eso aparece el chambelán; detrás de él, vienen las filas de caballeros y de donceles; todos son osados, corteses y hermosos; cantan bellas canciones y pastorelas. Enseguida vienen las doncellas, hijas de príncipes y barones, provenientes de diferentes regiones; entonan alegres cantos que deleitan los oídos. Sus compañeros son nobles y valientes. Hablan de la amistad y del amor verdadero…

Asimismo, hay una breve pero ilustrativa relación de la boda cortesana entre Tristán y la otra Isolda, la de las Blancas Manos:

El capellán celebra la misa, que se lleva a cabo como lo ordena la santa Iglesia. Para festejar, se prepara un banquete. Luego, abundan las diversiones: juegan al estafermo; hay torneos, concursos de jabalina, lanzamiento de cañas, palestra, esgrima, diversos tipos de juego, como se acostumbra en tales fiestas y como lo exige la vida social. Una vez que ha terminado el día, y se han acabado las diversiones, se prepara el lecho nupcial…

La fuerza de un amor trágico

La historia de Tristán e Isolda tuvo una poderosa influencia en la literatura amorosa de su tiempo y en la “ficción sentimental” de los siguientes siglos.

Isabel de Riquer, experta en literatura medieval, considera que esta obra se separa de algunos principios de la novela cortesana en la medida en que este amor ilícito “conduce a los amantes a una vida egoísta, alejados de la corte, que impide al caballero realizar proezas nobles en defensa de la sociedad”.

Y apunta Riquer que cuando Chrétien des Troyes escribió Cligés, hacia el año 1176, “pretendió rivalizar con el Tristán, la novela más famosa de su tiempo, al querer hacer una defensa del amor compatible con el matrimonio y el rechazo del amor fatal. Aunque el Cligés encierra innegables méritos, es sin duda el gran fracaso literario de Chrétien, que no logró imponerse a la turbadora y profunda historia de los amores de Tristán e Isolda, la gran pasión del siglo XII celebrada en todos los países de la Europa culta” (Introducción a El Caballero del León, Alianza editorial).

Al rastrear los antecedentes de esta historia, el escritor Luis Zapata señala: “Aparte de la indudable influencia de la canción de gesta, de la poesía trovadoresca y de la literatura clásica, hay dos factores determinantes en su nacimiento: los cuentos celtas de Armorica y la ‘materia de Bretaña’. Uno de los personajes más importantes que da la ‘materia celta’ a la literatura de su época es Tristán, que desde el siglo VII aparece en la mitología de ese pueblo” (prólogo a Tristán e Isolda, Ed. Conaculta).

Como traductor de las versiones de Béroul y Thomas, sugiere leer ambas (en ese orden) como si se tratara de un solo texto.

Así, advierte, el lector no sólo apreciará un cambio de tono sino las diferencias identificadas por los académicos que han calificado la obra de Béroul como una ‘versión común’, dirigida a un auditorio ‘elemental’, mientras la de Thomas sería una ‘versión cortesana’. También se ha considerado que la primera es una versión ‘épica’ y la segunda una versión ‘lírica’. Tales distinciones se basan en el análisis de ambos textos: “en Béroul predomina el gusto por lo anecdótico, y los personajes se definen generalmente por sus acciones. En Thomas, por el contrario, prevalece la reflexión, tanto del narrador como de los personajes, que continuamente cuestionan la validez de sus actos y enfrentan dilemas de orden moral”.

En términos de contenido, Zapata añade que la obra de Béroul, más acorde al gusto popular, tiene ciertos rasgos de brutalidad, quizá para complacer el gusto por la violencia un tanto morbosa de ese público. Thomas, en cambio, satisface mejor los gustos y las exigencias del público cortesano.

Thomas acaba aquí su escrito. Saluda a todos los amantes: a los lánguidos y a los apasionados, a los anhelantes, a los deseosos, a los que no piensan más que en el placer, y a los perversos, a todos aquellos que escuchen esta narración […] ¡Que encuentren en este libro un gran consuelo contra la inconstancia, contra el error, contra la pena y el dolor, contra todas las trampas del amor!

[ Gerardo Moncada ]

 

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